
Desde que fui chica siempre esperé llegar a la edad necesaria para poder salir de mi casa y convertirme en alguien lo suficientemente independiente para tomar mis decisiones sin que nadie influyera en ellas. Toda la vida me creí independiente, lo suficiente como para vivir sola el resto de mi vida, consagrarme en cualquiera que fuera mi carrera y morir vieja, llena de amigas y de plata, en una casa gigante en Francia.
Pero me fui del tema, decía que siempre soñé con ser independiente, y hasta ese momento el amor no había tocado a mi puerta. Yo había tocado MUCHAS puertas, pero como nunca encontré a nadie y mi timbre seguía siendo tan nuevo como siempre, supuse que nada iba a cambiar. Decidí que los amores platónicos eran mucho má favorables para el modo de vida que yo quería vivir: podías vivir por ellos, sufrir por ellos, reír por ellos, pero jamás te tomarían más tiempo del que vos quisieras. No tendrías complicaciones ni obligaciones ni mucho menos tiempo para compartir. Todo era perfecto. Peroo no, la perfección realmente no existe y luego de abandonsr el amro real para vivir de fiesta, conocí a mi actual novio. Un año con él me hizo darme cuenta que la independencia no estaba ni siquiera emparentada con mi relación con este chico. No por él, claro, sino por mí.
